
El concepto desarrollo sostenible se utilizó por primera vez en un informe titulado “Nuestro Futuro Común”, escrito en 1987 por encargo de la Organización de las Naciones Unidas y coordinado por la primera ministra Noruega de aquel entonces. El citado informe define la sostenibilidad como el “tipo de desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer las de las nuevas generaciones”. En este sentido los indios Hopi, ya tenían desde sus orígenes una peculiar forma de entender la vida sostenible, pues consideran que los intereses de la séptima generación han de tenerse en cuenta al igual que los propios intereses de los que toman la decisión. Por lo tanto, la sostenibilidad implica ser conscientes de las consecuencias de nuestras acciones.
La vida sostenible se puede definir como aquella que es justa en el más amplio sentido de la palabra. Cada una de las acciones responsables que realizamos conscientemente y por tanto de forma justa, no solo no perjudica a nada ni a nadie, sino que mejora la salud del conjunto. Los comportamientos sostenibles brindan la oportunidad de que los ecosistemas y la sociedad se regeneren.
La vida sostenible es una necesidad por muchas razones, pero se enfrenta a varios obstáculos. El principal es la ignorancia sobre las consecuencias que tienen nuestros actos, pues a menudo intervenimos sobre sistemas cuya complejidad escapa a nuestra comprensión. Otro obstáculo es la confianza exagerada en el progreso científico y tecnológico, que nos hace creer que siempre encontraremos una solución cuando los problemas sean graves, pero esto no es así. Y tampoco ayuda el pensar que la responsabilidad es de los políticos y de las grandes empresas. De hecho esta actitud permite que las poderosas empresas transnacionales no tomen las decisiones adecuadas, ni tengan en cuenta la mayoría de las veces las directrices políticas sobre sostenibilidad. La verdad es que cada persona tiene el deber moral de preocuparse por la sostenibilidad de su vida, pues no cabe duda que la suma de las pequeñas acciones individuales tienen un impacto mucho mayor que los grandes planes puestos en marcha por los políticos.
Como ejemplos de vida sostenible podemos citar los que Jim Merkel, autor del libro “Simplicidad radical”, expone en su búsqueda de un modo de vida genuinamente sostenible y que encuentra en la mayoría de pueblos indígenas y en unas pocas sociedades alternativas. El pueblo Chumash ha habitado durante más de 9.000 años en un territorio al sur de la actual California en Estados Unidos. En todo ese tiempo su ecosistema no se degradó pues aprendieron a vivir en la abundancia que la Madre Tierra les proporcionaba, conociendo y respetando sus ciclos naturales e interviniendo en su recuperación tras el aprovechamiento de sus recursos. Los Chumash nos enseñan las ventajas de no acumular bienes personales en competencia con los demás, pues muy al contrario, ellos basan sus relaciones en la cooperación y el compartir. Por otro lado, la estabilidad demográfica de la población indígena es otro factor importante a tener en cuenta, siendo éste consecuencia, en gran parte, por la enorme influencia de la mujer dentro de la sociedad matriarcal de los Chumash y por la ausencia de miseria. La vida en contacto con la naturaleza enseñaba a este pueblo que todas las cosas están relacionadas entre sí, permitiendo este conocimiento alejar muchos miedos y supersticiones. Además, su sabiduría les proporcionaba mucho tiempo para el desarrollo espiritual y sus relaciones interpersonales, enriqueciéndose su cultura con historias muy significativas que transmitían de generación en generación.
Otro modelo útil para el diseño de una vida sostenible es la sociedad keralí de la India. Kerala es un estado situado en el extremo suroeste del subcontinente, habitado por más de 30 millones de personas. Sus índices de bienestar en cuanto a esperanza de vida, salud y educación son similares a los de los países ricos. Sin embargo, consumen casi ocho veces menos cantidad de recursos naturales que éstos. Una cultura milenaria orientada hacia la Paz y la Tolerancia, ha tenido mucho que ver en que la actual Kerala haya elegido para su progreso, apoyarse en un modelo de vida rural en lugar de dejarse arrastrar por la industrialización. Y en vez de favorecer la concentración de las riquezas en pocas manos y esperar a que se filtren hasta las capas sociales subordinadas, tal y como hacen los países “desarrollados” con sus modelos capitalistas de “crecimiento económico”, la sociedad keralí ha preferido apoyar la economía de los más desfavorecidos. Así han evitado durante décadas las trampas insostenibles del consumismo, la urbanización, las deudas financieras y la explotación de los recursos naturales y humanos.
Al igual que ocurre con el pueblo Chumash, los expertos señalan que el éxito de Kerala en cuanto a sostenibilidad se debe, entre otras causas, a la posición social que ocupan las mujeres. Éstas participan activamente en cómo se reparten los recursos necesarios para vivir. A menudo, deciden tener pocos hijos para ofrecerles el cuidado y el amor que necesitan. Y al contrario que ocurre en otros lugares de la India, no se margina a las niñas. También ha contribuido a la prosperidad de los keralíes, la existencia de una democracia de base cimentada en la descentralización, en lugar de la concentración del poder en manos de los dirigentes de grandes partidos estatales. Entre 1957 y 1987, un partido comunista democrático distribuyó la tierra entre los campesinos y eliminó las discriminaciones por pertenencia a las castas inferiores. Gracias a estas reformas, hoy día las familias poseen tierras para vivir dignamente con sus propios medios y además pueden vender sus excedentes.
A partir del año 1987, el Estado cedió poderes a las autoridades locales, reforzándose de este modo la participación de la gente en las decisiones políticas que más les afectan. Además, nunca se ha olvidado la educación y los programas sociales para ayudar a los pobres y los desheredados. La financiación de la solidaridad ha corrido a cargo de los impuestos sobre las grandes empresas y las fortunas. Jim Merkel ha calculado que si todos los habitantes del planeta vivieran como los keralíes, el 60% de la superficie productiva de la Tierra sería todavía virgen. Pero para acercarse al modelo de Kerala, es necesario que el precio de los productos y servicios sirva únicamente para cubrir las necesidades básicas en lugar de intentar obtener el máximo beneficio en el menor tiempo posible. En Kerala se trabaja para vivir, mientras que en Occidente, en la mayoría de los casos, se trabaja para consumir.
Los siete “Mandamientos para la vida sostenible en la Tierra” (como yo los llamo) más un “Mandamiento Valórico Fundamental”, podrían ser:
1. APROVECHAR: Cuando algo sirve para más de una cosa, esta mejor pensada su adquisición que si sólo posee una función. Ejemplos de ello serían las herramientas multiusos, muebles multifuncionales como el sofá-cama, una bicicleta todo terreno que tanto sirve para hacer ejercicio como para circular por campo o ciudad, etc.
2. COMPARTIR: Las cosas que se comparten con otra/s persona/s reducen nuestro impacto ecológico, al menos a la mitad. Si son compartidas entre cinco (por ejemplo este libro), el efecto sobre el entorno disminuye cinco veces. Si compartimos CD´s de música, películas en DVD, ropa, libros, coches, herramientas, electrodomésticos, viviendas…, estaremos reduciendo la huella ecológica sobre todo el planeta.
3. CONSERVAR: Para conservar, a menudo solo hace falta darse cuenta de lo que se pierde por no hacerlo. En los países ricos, la cuarta parte de los alimentos se estropean porque no se gestionan adecuadamente, ya sea durante su producción y distribución o en las casas. De manera similar, se derrocha energía cuando se deja encendida una bombilla en una habitación vacía o gasolina cuando se va demasiado rápido.
4. CUIDAR: Cuando duplicamos la vida útil de los objetos que poseemos, dividimos por dos el gasto de recursos naturales.
5. DIVERSIFICAR: En cualquier ámbito, la diversidad implica alternativas ante diferentes situaciones, lo cual significa más probabilidades de éxito. En la práctica, por ejemplo para un agricultor, esto quiere decir que es preferible cultivar una amplia variedad de alimentos que hacerlo con uno solo.
6. LOCALIZAR: No deberíamos realizar grandes desplazamientos cada día. Si el trabajo, el colegio y los familiares y amigos están cerca, se ahorran enormes cantidades de recursos naturales a lo largo de toda una vida. Igualmente, conviene que los alimentos, la energía, la ropa y demás bienes de consumo tengan su origen en entornos próximos.
7. RESPETAR Y APRENDER: Hay que trabajar conociendo los ritmos de la naturaleza y respetándola en lugar de explotarla y degradarla. Por desgracia, todavía hay quién piensa que la civilización se construye sobre el dominio de la naturaleza. En realidad, podemos aprender de la naturaleza para aplicar ese conocimiento en beneficio propio.
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